Diana Zurco, la primera locutora transexual de la radio argentina

Para pagarse los apuntes vendía empanadas en el almacén de sus padres. Fue uno de los mejores promedios del ISER y está segura de su talento. Reivindica el cupo laboral para superar una larga historia de violencia e injusticias.

Se diría que Diana Zurco lleva adentro de la radio una vida entera, pero hace pocos años egresó del Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica y este es su primer trabajo profesional como locutora. Cuando llegó la ubicaron al informativo, pero ahora tiene a su cargo la locución de dos programas de la tarde, uno de ellos «Massacessi que nunca», conducido por Mario.

Diana no quiere mencionar el nombre con el que nació. «Me conecta con la angustia. Tal vez alguna vez procese todo y diga mi nombre anterior, pero por ahora prefiero no hacerlo»,alega. «Mi historia, como la de todas las trans, tiene un quiebre. Fuimos dos personas, a tal punto que casi no conservo relación con gente del pasado. La gente que trato ahora no me concibe como hombre», señala.

Su madre llegó de Cachi, Salta. La tuvo sola, a los 15 años. Fue duro el abandono de su pareja, que no quiso hacerse cargo del embarazo. Limpiando casas y mudándose con su bebé de pieza en pieza, conoció a un almacenero de Hurlingham. Don Zurco, adoptó a Diana y tuvo con su mamá una hija y un hijo más. Diana lo quería. «Era un hombre de campo, hosco y obstinado. Casi no tenía estudios, apenas había aprendido a leer y escribir. En casa no se podía hablar de muchas cosas, pero tuve una infancia linda, aunque un poco solitaria».

Desde los 4 o 5 años había empezado a sentirse mujer, pero iba a un colegio, muy conservador. «Los roles estaban muy marcados.Los chicos, pelo cortito; las chicas, muy femeninas», recuerda. Mi mamá era creyente aunque no practicante, pero pensó que era la mejor educación que me podía dar.

«Yo percibía que era distinto, pero pensaba que algo estaba mal dentro mío. Me daba miedo eso de «los travestis». Me daba miedo lo oscuro, lo marginal, ya me veía prostituyéndome», agregó.

En el secundario, sufrió el bullying de sus compañeros. En cuarto año se deprimió: «Mentí, dije que estaba confundido. El cura me dijo que entonces había una luz de esperanza, y me mandó a hablar con mi mamá. Tenía la pretensión de curarme».

Tener pechos
Diana se refugiaba en un amigo que era gay. «Nos apoyábamos, nos conteníamos e íbamos a todos lados juntos. Éramos los rebeldes, señalados como los putos del colegio. Había otros, por supuesto, pero solapados. Después, nos distanciamos. Él era un hombre gay y había cosas que no comprendía de mí . Yo le preguntaba cómo se sentiría eso de tener pechos y él me contestaba mal, con fastidio», comenta.

Dejó el secundario y pasó un largo tiempo encerrada en sí misma. Pero llegó un momento en que una fuerza interior le dijo que tenía que salir adelante: «Retomé los estudios en un colegio estatal, ya como mujer. Empecé a maquillarme, a llevar el pelo más largo». Incluso los profesores empezaon a llamarla alumna sin que tuviera que pedírselo. «Vos sos una mina, ¿por qué no te hacés llamar Diana?», la alentó una compañera. Tenía una necesidad imperiosa de hacerlo, pero todavía no sentía que hubiera llegado el momento. Incluso faltó a la fiesta de egresados porque soñaba con ir de vestido de gala. Pero en el viaje de 5to año, pidió dormir con las chicas.

«Es fuerte cuando dejás de ser varón y empezás a hacerte cargo de quién te sentís. Me sigo emocionando con estas cosas de mi vida… estos recuerdos. Fueron bisagras. Aunque fue todo muy gradual porque tenía miedo de que me pasara algo por la calle», lagrimea. Diana tuvo la suerte de que no la echaran de su casa como a otras chicas trans. «A mi mamá le tomó un tiempo llamarme Diana. Mi papá, nunca pudo», recuerda.

Desear lo imposible
Al terminar el colegio, ayudó en el almacén de su familia, pintó murales en tela en el garage. Un día, le dijeron que había una importante cadena de peluquerías que daba cursos de capacitación y se presentó. Vieron algo en ella, porque empezó a trabajar en un local emblemático de Ramos Mejía como asistente.

Tenía habilidad para conectarse con las clientas. «Después de un tiempo, las mujeres iban solo por mí, porque les gustaba cómo las atendía, y se beneficiaban todos», recuerda. Se atrevió a pedir trabajar en la recepción, un lugar visible que todos pensaron que le estaría vedado por su condición de trans. «Dejá de soñar», le había dicho una compañera. «Pero el día en que me vio entrar con mi tailleur para recibir clientas, se sorprendió», dice Diana.

Hizo carrera: pasó por un local de la misma cadena de la calle Florida donde -con el pelo rojo y su altura llamativa- atraía a los turistas y marcó récord de ventas. Llegó a ser cajera, y después encargada, jefa de 100 personas. Sin embargo, no fue todo color de rosas. Los tacos altos le provocaron lumbalgia. A veces lloraba por los enfrentamientos comunes en cualquier lugar de trabajo , y tenía que ir incluso los domingos porque necesitaba más recursos.

Un peluquero varón la insultó porque ella le pidió -como encargada- que no hablara tanto por teléfono. «‘P… enfermo’, me dijo. A la gente no le gusta recibir órdenes de trans, ni de mujeres». «‘Si sos tan machito, ¿qué hacés en una peluquería peinando chicas? Andá a trabajar al puerto’, le dije. Le contesté con el estereotipo», sonríe, cómplice.

Diana formó pareja con un músico. Al mismo tiempo, ante la necesidad de feminizar su cuerpo, empezó a inyectarse hormonas sin supervisión médica. «Eso me afectó el hígado y el carácter, estaba irritable, agresiva. Tenía desesperación por verme más mujer. Las mujeres trans caen en el estereotipo de la mujer objeto. Exacerbamos el estereotipo, porque estamos atravesadas por la binariedad. Pensamos que cuanto más lindas, más aceptadas vamos a ser. Hoy nos cuestionamos incluso el concepto de lo binario, macho- hembra, pero en ese momento, yo todavía no lo hacía», comenta.

Diana se hundió en un pozo. Dejó la peluquería, se separó de su pareja. Después de salir, una vocación que ya tenía retornó desde el pasado. «Yo de chica imitaba a Nora Briozzo, jugaba entre lo femenino y lo masculino,engolaba la voz. Había algo que tenía que ver con la expresión, con la comunicación», cuenta.

La número uno
Se atrevió a anotarse en el ISER. De los 1500 aspirantes, tenían que quedar solamente 60. El dinero necesario para comprar libros y apuntes lo consiguió vendiendo comida en el almacén de sus padres. No tenía computadora, por eso estudiaba en un locutorio.

Aprobó todos los exámenes. «Me gustaban la locución comercial y el doblaje, no sabía que se me podía dar por el lado del periodismo. ¡Cuando vi mi nombre en el mail con la lista de los ingresantes! ¡Yo, que no tenía experiencia ni siquiera en una FM de barrio!», se enorgullece.

En la cursada, fue aceptada de inmediato por sus compañeros. Solamente una vez tuvo un problema, y fue con una profesora. Llegó un poco tarde a la clase y la docente le dijo: «Justo estábamos hablando de tu tema». Después se enteró de que le había anunciado al alumnado que tendrían «un travesti» entre ellos.

Me tomaron porque soy buena. No tuvo nada que ver mi condición de trans, ni a favor ni en contra.

«Lo hizo con mala leche. Yo la encaré y le dije que lejos de juzgarla, elegía hablar con ella, porque la admiraba… Que iba a pasar a la historia como la persona que me había formado. Que si había algo que le molestaba de mí. Ella me contestó que no, pero que era algo nuevo, a lo que no estaba acostumbrada», aclara. Los demás estudiantes se quedaron rodeando a Diana, en un gesto de solidaridad.

La ceremonia de graduación fue muy diferente a la de la secundaria. «Cuando me dieron el diploma, pude ir con mi vestido, acompañada por mi mamá. Si un compañero no me avisa que iba a ser la primera locutora trans graduada del ISER, no tomaba conciencia. Ya tenía el documento con mi nombre, y lo disfruté intensamente»

Diana ya sabía que no le iba a ser difícil conseguir trabajo. Empezó a formar parte ad honorem del panel de un programa de Carlos Ares el Canal de la Ciudad. «Se ve que les gustó cómo preguntaba, porque una noche, una productora me propuso dar una prueba en Radio Ciudad».

Está muy convencida de su talento, y no cree que su identidad de género la haya favorecido. «Me tomaron porque soy buena. Fui uno de los mejores promedios. Tengo ductilidad en mi voz, buen abanico de tonos. Fue un reconocimiento a mis aptitudes. No tuvo nada que ver mi condición de trans, ni a favor ni en contra. A veces nos pensamos demasiado como trans, y sería conveniente saber que somos otras cosas. Animémonos. Somos personas individuales, con capacidades que exceden al género», dice Diana.

Diana sabe que pertenece a un colectivo que fue históricamente victimizado, y apoya el cupo laboral trans. «Viene a reparar una injusticia. Se sancionó, pero no está reglamentado y no se implementa. Tenemos capacidades para aportar. Y tenemos que estar en todos lados», propone.

Fuente: TN

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